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Calza coturnos

Melpómene siempre fue guapa. Desde su nacimiento estuvo mimada y vivió en la mejor casa. Sus padres fueron ricos y poderosos, era hija del dios de dioses, Zeus, y de la musa de la memoria, Mnemósine, que tristemente recordamos por ser el nombre del Leteo para los griegos. Leteo era el río de cuyas aguas bebían los muertos para olvidar la vida.

Con estos antecedentes, con esa vida, Melpómene era altiva, paseaba con la barbilla alta, despreciando miradas, ganándose envidias, en continuo desdén de todo lo demás que para ella era superfluo.

Así, Melpómene habría despreciado al más bondadoso de los mortales sólo por ser mortal y al más poderoso de los dioses sólo por no ser Zeus. Así Melpómene vivía de su orgullo, tenía a cualquier hombre que ella quisiese… Pero no era suficiente… Gastaba cuanto tenía y siempre tenía más, pero no sabía en qué gastar que de verdad la hiciese feliz.
Melpómene, musa de la tragedia, vive con una máscara triste, amargada, subida a las alzas de sus coturnos, mirando por encima del hombro al resto de nosotros que no podemos hacer más que admirarla, adorarla y forjarnos sueños con el material del que se hizo su máscara, su desdén. Vivimos en el mundo real que ella sólo pisa aislada, elevada por el corcho de las suelas de sus sandalias.
Me recuerda aquel cuento de la princesa, los siete colchones y el guisante…
Tal es el mundo, es una actriz, un banco, un sueño… Que se trocan uno a uno en engaño, robo, desilusión…
Tal es el día…
Parece que Melpómene se alegre cada noche y se enfade justo antes del amanecer…