Hubo un día en que los hombres pasaron a ser inmortales. Nadie teme ya a la muerte. Desde entonces las guerras quizá no tenían el mismo sentido. Un invento había hecho la mente del hombre perdurable e imperecedera, ya no crepuscular.
La felicidad duró unos años. Quién lo iba a suponer. Aun cuando para cada uno, el otro era el mismo, seguía vivo, qué seríamos para él los demás. Así hubo un hombre que de niño perdió a su madre viva y pasó, como para todos era ya costumbre, a tener una madre de recuerdo en una máquina que hablaba y se comportaba como tal: Qué bien, le decía, que ya estés en casa. Cómo ha ido el día.
Contento, pensando que su madre seguía viva, aquel niño creció con aquella y sus recuerdos. Y hablaban de todo lo pasado. Y cada día era como otro, con aquel calor de haber vivido donde nunca más se volvió a tocar, a sentir. Así otro día el hombre publicó una carta en un medio influyente donde nació la desilusión del mundo. Mi madre ha muerto, la tituló.
Mi madre no vive, mi madre no es mi madre porque no sabe más que del pasado y no vive conmigo, sólo recuerda lo que le digo y es tan facil de engañar como un perrillo. La carta era descorazonadora. Mi madre no sabe que estoy cuando apago los micrófonos y no siente por mí como sentía cuando me rompí un brazo. No tiene mala cara cuando no duerme. Mi madre no nota, no siente, no padece. A mi madre no le duele envejecer, no sufre porque yo no vuelva ni llora al recordar a mi padre.
Mi madre no es mi madre, es una máquina de hielo, una tumba de acero a la que ayer pregunté, mamá, estás muerta, ¿lo sabes? Y respondió con un largo silencio tras el que, supongo que tras recapacitar, dijo: "no había pensado cuanto tiempo hace que no me duele nada".
Ayer apagué a mi madre porque ya no estaba conmigo.
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O quam cito transit gloria mundi.