Era una canción de Peret, un asco pero simpática.
Después de una noche de sueño febril en el que me desperté cien veces a mirar el reloj y echar un trago más. Reparadora noche, diremos. Curado, pues, de las migrañas y traido al mundo real por la siempre inmisericorde mano del destino, la vida, el azar o como quieran llamar al río que nos lleva... Salido pues de entre los dientes del infierno. Me dispongo a comprobar los interesantes conceptos de pareo que habrá en las venideras noches de San Juan por cerca de la costa. A ver dónde vamos hoy, a ver dónde nos lleva el río. A ver esos bikinis con chaqueta y medias, ese todo conjunto de pornográfico mal gusto en el vestir echado a la calle en forma y figura de demonitos de veinte años que quizá, a veces, gruñen al pasarles al lado, subiendo la autoestima incluso a alguien como yo.
Aun con esas, a uno le gusta más la ropa bien vestida que la carne desnuda. No se por qué. Y los sinceros ojos abiertos de una mujer que "parezca inocente" que las miradas viejunas, trilladas, que ya se gastan hoy día a los veintiun abriles.
Perra vida esta. Como decía aquel. De fijo que no saben disfrutar a tantos niveles. Perra vida. Que las mujeres no saben el esclavo que pierden.
Quizá con el nivel justo de alcohol y ceguera, haya suerte otra vez... Una sola, una sóla antes de morir, pero que no dure dos horas, que no me cueste diez años, que no me haga sangrar por un instante de gloria. Que no me haga sentir, que no me haga doler o, quizá que lo haga pero que no se vaya, que no piense, que no crea y que sólo mire para mí.
Y si no, ya tengo rubia por litros que deja también mal sabor de boca y duele menos.
--
O quam cito transit gloria mundi.