Sale la luna llena. Fue creciendo estos días está rozagante, rojiza, con un velo cobrizo de las únicas líneas de nubes que alcanzo a ver.
Las bestias abrevan su botellón en manadas cerca del río. Tribus ocultas que de día nunca aparecen.
Los perros ladran a nadie o al ladrido lejano de otro, alarmado por nada. Grita que está ahí, pide a la luna. Chillando contra el viento, contra la nada. Si los perros pidieran, harían grafitis, estoy aquí. Pasé por aquí. Sigo vivo hoy que me ven tus grandes ojos.
El vacío de la calle, del mundo, los vería perderse en la oscuridad del tiempo, en su vano signifixar para el inmenso e impensable devenir de años y siglos que fueron, que serán y que nadie va a observar por no existir fuera del contexto de la mente.
Y yo que parezco existir, despierto del sueño a la vida y camino tecleando como un zombi con sóla la cara iluminada por la pantallita que representa esta futil vanalidad. Un mundo vacío dentro de otro que no le hace ni de continente porque su sentido está por descubrir y porque los dos están ligados por mí y sólo por mi que soy alma o cuerpo mortal, un puntito de materia que, de existir o no, poco importa.
Y flotamos todos sobre una matemática oculta al sentido humano que tampoco conocemos ni se desvelará por completo en el círculo vicioso en el que encaja la ciencia para la que siempre, siempre, hay un más allá, más lejos, más pequeño, oculto, fino y desesperado punto de incertidumbre.
Llegaré en dos minutos y pediré cerveza.