Mirando lejos siempre ves lo mismo, mar en calma o nublada por esa bruma que empapa el aire y nubla la vista. Cerca hay rompientes, según el día, según sople el viento.
Al lado de la playa, tranquilidad, salpicaduras de sal. Quizá pocas para lo que somos, siempre quiere uno sal, siempre volver. Si piensas, ves que el hormigón se va gastando, pequeños circulitos que se ensanchan con los años. Marcas del tiempo, de la sal, del agua. Cicatrices de la intemperie que nunca se borrarán que no se pueden evitar. Memoria de los materiales, recuerdo de lo que puede llamarse su vida. Ágrias manchas pardas, rojizas, allí donde ya asoma un hierro del armado, arrolladas por la humedad, estiradas hasta parecer sombra de ojos sobre una mejilla llorosa, llorante, llorada.
Secas piedras colocadas por el hombre, fabricadas por él, en contraste con las verdes, las rotas y escarpadas laderas dejadas por el mar. Algún día todo será pasto del agua, arena en una playa más allá que será gris hormigón o de un amarillo pálido por la mezcla de materiales.
Mala mar que sigue embistiendo, mal tiempo que pasa, que todo lo puede para su bien y no al nuestro.
Mala mar que gasta pero no cura.
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O quam cito transit gloria mundi.