Web Analytics

Cinco dedos

Al volver a casa soplaba un viento menos frío que a mediodía. La noche estaba llena de nubes pero, aun con estas, la luna aparecía de vez en cuando para clarear un tanto el camino allí donde siguen fundidas las farolas.

Volvía sólo, volvía mascullando una canción. Siempre cantando aunque sea en silencio, siempre silbando aunque sea sólo para mí. Me crucé con alguien que me miró raro, como diciendo que vaya día y vaya hora para estar borracho. Pero yo canto siempre pase lo que pase. Me dí cuenta de que me había detenido mirando a aquel señor que se alejaba.

Pensé decirle que canto por no llorar. ¡Oiga! ¡Canto por no llorar!... ¡¿Me oye?! ¡Dicen que el que canta, su mal espanta!... ¡Oiga!. No dije nada. Medio sonreí y eché calle adelante.

En el penúltimo cruce pasaban unas mocinas, criajas, alguna dijo una barbaridad. ¡Ciega!, respondí y seguí sonriendo. Si me viesen de cerca no dirían tanto y si funcionase la luz dirían muchísimo menos. Pasando tan cerca, me decía yo y quedan tan lejos de alguien como yo.

Otro año al saco. Me dije. Es algo que quiero olvidar. ¡Otro año! ¡Oiga! ¡Canto por otro año! ¡¿Me oye?!... Jaja... Pensé seguir llamando a aquel hombre. Miré atrás, las mozas ya se habían olvidado de mi sombra y aquel señor no aparecía en toda la calle. De fondo el ruido negro de coches en la autopista, el blanco de un río y el pumba-pumba de algún bar cercano.

Un año más perdido. Me dije. Y no apareces. O apareces, qué se yo, y no te veo. O me dejo engatusar por la voz de las sirenas que no quieren más que carne y oro, o que, como poco, se alimentan de mi desgracia... Y hacen banquete de mí. Guiñapo. Y es que hay gente que sólo vive si no viven los demás.

Un año más perdido y me duelen la espalda y el cuello, pensé. Saqué la mano izquierda del bolso, siguen todos aquí. Cinco dedos. A esta edad un abuelo mío ya tenía alguno menos. Los dos murieron antes de los 64, me queda media mecha, si no me mato antes, y voy a buen ritmo.

Perra vida. Me dije. Perra vida. Sigue trabajando, me dije. Da igual la envidia que les tengas, lo tuyo es trabajar, lo tuyo es comer ilusiones y mirar a otra parte. Trabaja que algo queda. Cruzaban la calle a carreritas medio tapándose con un abrigo una parejita. No llueve nada, una gota de vez en vez. Pero no pude menos que sonreír al pasarles al lado pues tan contagioso era aquel contento, aquella gracia.

Volví a pararme, volví a mirar atrás. Allá seguían riéndose, tapándose con el abrigo, correteando como cabritillas. Encerrados en su mundo. Se paraban, se apretaban uno contra el otro.

Seguí andando, volví a sacar la mano del bolsillo. Cinco dedos. Qué cuerpo más triste soy, un juguete con el que nadie juega. Cinco dedos y sólo sirven para trabajar. 

Pensé en llamar a aquellas mocinas, nunca me atrevería, pero estaría bien: ¡Oye! ¡Yo también tengo cinco dedos! ¡Soy un bicho ungulado! ¡Oye! ¡Que no los quiero sólo para trabajar!

Y como hay que dormir y no sólo de pan vive el hombre, me dije que algún día daré todo lo que encierro. Me dije, sigue trabajando. Me dije: duerme para seguir vivo, aunque tengas que soñar.

--
O quam cito transit gloria mundi.