Hay como una nube sobre nosotros en la que nos encerramos y todos a una pensamos en lo mismo. Cajitas negras que reaccionan igual ante el mismo estímulo.
En esto aparece cruzando unos cuantos metros delante de nosotros una señora mujer. Llevaba unas mayas violeta, malva oscuro o algo que dejaba ver mucho de todo. Tendría, qué se yo, treinta y tantos. Alta, morena, de piel aceituna tostada. Con el pelo corto con unos bucles que daban muchas ganas de mezclar los dedos a lo retrato blando de Dalí y cogerse fuerte, tirar con suavidad, soltar, a ella le iba a encantar.
La vimos pasar, todos en la nube, se agachó a hablar a una ventanilla de un coche rojo. Antes se quitó las gafas de sol descubriendo unos ojos enormes oscuros, a esa distancia negros. Algo dijo a la ventanilla y se abrió la puerta del conductor y a poco asomó una cabeza de hombre con gafas al que quiero dejar de describir.
Nada más asomar el primer flequillo del señor aquel uno de los que iban a mi lado pareció ver llegar una hecatombe. Parecía que nos llovían bombas ý nos sobrevolaba toda entera la luftwaffe: Dijo, pues, en un lamento infinito:
- ¡Pero...! ¡me cagondios...!
Me dio tanta risa, porque yo ya había aspirado para soltar un "qué mundo más triste" tan propio de mí. El tercero, casi antes de que terminase el segundo ya estaba relatando:
- Mecagonlaputavirgen...Ya puede ser el padre, el tío, primo o demás familia...
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Homo ex humus