En aquel lugar nadie estaba loco y nada se hacía sin un fin. Y todo fin era un remedio. Toda salida una puerta, una esperanza.
El oido era la luz y la vista el órgano de la mente que siempre fue uno de los dos sentidos del alma. La consciencia era sólo la maldición de la vida.
Sin lugar. Sin tiempo. Sin tener que ir. El tiempo era sólo la medida del sueño y despertar abrir los ojos a todo el camino.
Donde mirar era imaginar haber sentido. Donde notar es doler en ausencia.
A la puerta, en fin, del volver a percibir se mezclan la memoria y la imaginación para formar ese perfecto sueño que te despierta siendo otro, tranquilo antes de la tempestad de volver a ser tú.
Despertar con tu nariz apretada contra la mía. Con tu frente sudando resbalando contra mí y con tus ojos nublados por eldesenfoque, perdidos en el fondo de los míos. Sin perder movimiento.
Y pensé si no era aquel un mundo perfecto. Pensé si no sería irreal.
Como aquella vez que me dijiste, sonó tu voz, que no recuerdo, leyendo en la profundidad de mis miedos y diciendo: créetelo.
Y comenzó la pesadilla del despertar como cuando de verdad me lo dijiste.