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en la atalaya de nuestra mente

vivimos ahí subidos, mirando desde un balcón que es este ojo que ningún Dios nos ha dado. Dios con mayúsuclas, por una vez en la vida.

Asomados a las ventanitas. Y no tememos, aquel que tema, mirar. Tememos que nos vean.

Aquella mirada que se agacha, que se aparta, que vive indecisa en su cueva de carne, no se aparta de otra por vergüenza del cuerpo que la porte, o quizá sí. Mas bien se aparta porque tema que le vean. Que vean su ser que mira asomado a su atalaya lejos del mundo, queriendo y disfrutando ver pero temiendo que de verdad le conozcan.