La vi reñir con un maromo en un portal una calle más abajo de la mía.
Allí eataban diciendose si tal o cual es denunciable y si tú me llamaste o yo te llamé. Él la miraba fijo desde la altura y con una pata puesta ante la puerta, supongo, que para no dejarla pasar. Ella agachaba la cabeza y perseguía tras el flequillo la mirada de los demás.
Bajé de mi calle y en la esquina, donde siempre, empecé a cruzar en diagonal hacia ese portal. Su mirada me seguía mientras su boca hablaba bien alto que si deja de llamar... denuncias y peras en vinagre.
No aparté los ojos. Pensaba, qué querrá de mí. Por qué me mira.
Igual esta piensa que voy a decir algo. Jajaja. Que yo vivo solo, señora mía. Jaja. Dos portales más arriba hay una panadería, compre pan, señora mía. Empujeselo. Tráguese todo lo sembrado.
O quizá no había más gente en la calle. Quizá aquella vez no tendrías que haberle dado cancha otra vez. Quizá aquella primera de cambio hubiera sido suficiente pero te dio por querer más.
Señora. Qué querrá que yo pueda darle y que no podía ayer.