Pero… ¿Qué he hecho? Iba pensando. ¿Qué he hecho?
Aún resonaba aquella voz en su cabeza. Parecía un animal, Ni siquiera pedía auxilio. Tampoco parecía quejarse, más bien era el lamento de un alma al desaparecer que el padecer de un ser humano. La voz se perdió entre el batir del agua y el restallido de los restos de tierra rodando por el precipicio. Un burbujeo y todo había acabado. El silencio era peor. Aquel silencio en el que sus latidos empujaban los tímpanos hacia fuera y notaba las sienes queriendo explotar.
Sus pasos entre las hojas secas y el rozar del ramaje no hacían bastante ruido. Querría estar envuelto en el ruido de un bar. Como aquel corazón delator, creía que hasta los árboles podían oír la voz que retumbaba sólo en su recuerdo. Ya no existe, ya no es, se repetía. No está para nadie. Cállate… ¡Cállate! Se descubrió a sí mismo gritando en la oscuridad. Rumiaba palabras entre dientes. Todo ha sido un sueño, sí, una pesadilla. Me duelen los pies… Cállate. ¡Muérete! Hoy, vas a morir, le dijo. Hoy vas a morir. Y, aunque dudó un segundo, recordó su anterior determinación… Sólo un empujón, qué fácil ha sido, sólo un empujón, casi una palmada en la espalda, y desapareció en la oscuridad para siempre. Nadie la encontrará aquí.
Se detenía a cada paso al bajar por la ladera apoyándose en los árboles y aguantando la respiración creyendo que alguien le seguía, apagaba la linterna, incluso le molestaba velándola con el pañuelo, era un escándalo aquella luz moviéndose en la noche. Tropezaba, la luna dibujaba sombras fantasmagóricas con las ramas y el crujir de sus pasos en el suelo le hacía pensar que un ejército le seguía. Su paranoia le hizo olvidarse del hecho.
Antes de entrar al coche miraba a todos lados y se quedó con la mirada fija en aquella oscuridad, el bosque desde aquel camino, parecía una librería de pega en la que sólo existen las tapas de los libros, la luna dejaba tan sólo ver los primeros árboles pelados ya de hojas y el resto era una cartulina negra sobre la que se difuminaban. Creía que habían pasado horas mientras miraba al bosque cuando un crepitar, quizá de los choques de las copas de los árboles o la tensión de las maderas movidas por el viento, le despertó y le trajo de nuevo a la realidad. Se quitó las botas, los guantes y la funda de trabajo, los metió en la bolsa de deporte, envolvió cuidadosamente ésta con bolsas de basura. Hacía mucho frío. Sentado en el coche y, antes de cerrar la puerta, recogió la bolsa que había puesto para pisar sin mancharse metiéndola en el mismo paquete. Todo recogido… Todo bien… Se gesticulaba a sí mismo… Contaba con los dedos… Repasaba nervioso cada paso anterior.
Con la mano en la llave de contacto volvió a cortar su respiración, estudiaba cada sombra, cada árbol de nuevo, fijándose en el acceso del terraplén que usó para subir y bajar. Sus ojos siempre se paraban en la oscuridad entre los árboles. En un momento revivió el grito de nuevo, un escalofrío le hizo temblar y apretó la llave que llevó a acelerar a fondo haciendo un ruido que creía demasiado exagerado y rápidamente quitó el contacto. En silencio miraba otra vez cada sombra, cada brillo, quitó el freno, y arrancó en marcha, dejando el motor sin acelerar. Sí, sin ruido.
De vuelta a casa, la radio le parecía estridente y bajó el volumen. Al rato también le molestaba y la apagó. El nerviosismo inicial se había convertido en una extraña calma sin angustia. No sabía si sentirse mal.
Una vez en la cama, no dejando de sudar, no podía recordar nada de lo que había pasado, era un día cualquiera con problemas para dormir. La inquietud le desveló por un rato pero el cansancio ganó la batalla y se durmió pensando, discutiendo consigo mismo, que olía a sudor, que debería haberse bañado, pero era ya muy tarde.