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Galatea

Pigmalión era un tipo muy raro. Era rey en su tierra y cultivaba lo que por entonces se llamaban ciencias y lo que aun, espero, hoy día se llaman artes. Pigmalión era escultor y de los buenos.

Pero era raro. Pigmalión nunca salió de ensueños. Nunca quiso al mundo real como si fuese suyo o para él. Simplemente tenía que padecerlo. Mientras tanto él se dedicaba al ensueño, a cavilar un nuevo diseño para una escultura.
Cincel en mano iba quitando, como diría aquel, la parte sobrante del eterno mármol. Iba descartando impurezas. Iba, en fin, esculpiendo la imagen que llevaba dentro de lo que para él sería la mujer perfecta.

Tan bien le estaba quedando que hasta le puso nombre: Galatea. Tenía Galatea como estatua el más mínimo detalle, incluso marcadas las venas en las muñecas. Tan bella, tan perfecta que terminado el trabajo y agotado por él, Pigmalión se durmió y soñó que al ir a acariciar a Galatea, la fría e inerte Galatea, notó que en las perfectas venas que le había esculpido latía la sangre. Notó cómo el cuerpo de la estatua tomaba color y perdía la palidez de la perfección.

Sintió que Galatea cobraba vida y, entonces, Pigmalión se despertó.