
¿Y si ya sabemos el final ?
Hay otro motivo algo más perverso para leer un diario: su autor escribe en una prisión del tiempo tan rigurosa como la nuestra; como dice admirablemente Ian McEwan sobre las caras en las fotos antiguas, es inocente del porvenir. Nos reconocemos en esa pulsación de la vida presente, y a la vez tenemos una ventaja sobre esa conciencia alerta que sin embargo está ciega a lo que va a ocurrirle dentro de muy poco, que es incapaz de romper el velo consolador o sombrío de su inocencia: nosotros sí sabemos. Las páginas en blanco que el autor del diario mira a veces en su cuaderno con una expectativa casi nunca libre de aprensión nosotros somos capaces de leerlas sin ningún esfuerzo, con una clarividencia más aguda porque contrasta con su propia ignorancia. Somos adivinos alojados en la oscuridad del futuro; deidades intrusas que leemos sus pensamientos más ocultos y predecimos sin vacilación el desenlace de cada una de sus incertidumbres y también la fecha de su muerte.