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Algo de la cabeza...

Con una foto no vale. Necesitas posesiones personales. Carajo que costó encontrar, pero se encontraron, algunas limpiadoras no barren de todo y su madre no tiene el pelo tan largo. Así está completo.

Conozco de transitividad, de rebote, un santero cubano. Más peculiar que ninguno de película. Convencido me dejé llevar a hacer una muñeca vudú. Le pregunté cuanto quise, no es que yo cre, ya me conoces, querido lector. Toda esta historia es una invención del hombre para hacer temer a sus semejantes con un poder que no existe… ¿Y si existiera? Pues si existiera el mundo se parecería más a Conan y a la Tierra Media.

La cosa es que me era barato y un recuerdo así, una entrevista tal no tiene precio. Llevé todo lo que me pidieron: Una foto, algo personal y un gato vivo que me compré de la que iba. Lo del gato mejor no lo cuento, en teoría tendría que haberlo hecho yo pero no pude, dije que aquello era una gilipollez y me iba a ir con gato y todo, no me dejó ni terminar, pobre bicho. Aun así no tengo remordimientos, sirvió para comer, después de todo. Con su pelo rellenamos un saquito de papel encerado que debía de tener un siglo.

En el saquito va la foto con una mancha de mi sangre y un objeto que “te dice algo de esa persona”. Cuando me preguntó, lo primero que se me pasó por la cabeza tuve que ir a comprarlo y volver, volví, se lo enseñé al santero (Ramón se llama) y me sonrió comprendiendo… Quédate con esto, me dijo, mientras sacaba las llaves.

Miestras se fumaba un purazo empezó a trenzar hierbas sobre el saquito y soplaba el humo en cada nudo. Ató con bramante la cintura y el cuello. Volvió a soplar humo. Tenía una tinta gorda hecha con mucha grasa o algo así. Con eso pintó dos letras omega en la cara del muñeco a modo de ojos y colocó un poco de pez o algo así en la cabeza y le pegó pelo de caballo (o eso dijo que era) a modo de cabellera.

Mírala, ¿la reconoces? El muñeco era burdo, un mal juguete, no parecía ni una caricatura, en la penumbra sólo veía los ojos de Ramón, con aquella piel tan oscura. Aparté la mirada del muñeco y le miré a él breves instantes, me sonrió, capté el mensaje. Sí, es la viva imagen, le dije.

Se va a quedar aquí para siempre, me dijo metiéndola en una cajita de madera. ¿No hay agujas? Preguntaba yo. Hay cosas peores, me dijo, ¿Crees que funcionará?

Sinceramente, le dije, sinceramente ojalá funcione. Creer, me repitió varias veces, creer en esto me hace más feliz, funciona con quien lo cree. Hay cosas peores que las agujas. Una gota de esto en una mano y tú mueres, muchacho, me dijo dándome un frasquito que no me atreví a coger. ¿Qué es eso? Cianuro, chico, cianuro, en esto no hay que creer. Y este otro frasquito es agua de mal, da enfermedades. Cógelo, no pasa nada, pero que no te toque la piel.

Agua de mal, me dijo, da enfermedades. Carajo, enfermedades, me sonreí. Échale algo y cierra la tapa con los clavos. Es uno de esos momentos filosóficos en los que las creencias se enfrentan vagamente a la realidad donde hay que elegir entre un veneno efectivo y testado y una aventura a lo Indiana Jones con un líquido aceitoso. No te manches, me dijo. ¿No tienes guantes, Ramón? Sin guantes no sirve, siéntete mal al hacer esto porque haces el mal.

Hazle mal, échale algo, mírala por última vez y tapa la cajita, tate que funcione que no la ves mas. No es un fantasma, si nos cruzamos por ahí… Tate, ta, ta. No va a ser lo mismo, tú encima, tú muy encima. Tú a la ene como se dice.

No me sentía mal, sino con miedo por primera vez desde que empezó la broma, eso que había muerto un gato, pero también estaba cociéndose para la cena de Ramón… Cagonlaputa, me dije, como el que va a bajar el Sella sin saber nadar, con miedo a la ambarina gota que apestaba a fruta podrida o algo así, destapé el veneno, lo vertí sobre la cara del muñeco y tiré el frasco dentro. Sin detenerme, destapé el otro frasco y se lo eché también. ¿Qué haces?, me dijo. ¿Hay que elegir sólo uno? Pues no lo sé, eres el primero que echa los dos. Callamos un segundo, me hizo un gesto y empecé a clavar la tapa del ataúd.

Saludos, despedidas, etc. Tengo la caja aquí detrás sobre una estantería. Tiene que estar ahí hasta la noche más corta del año. El año acaba en nueve, de hecho había que esperar porque el nueve es el número de años. Este año, en la noche más corta, me dijo, vas y a la hoguera. Una pena de caja, porque de verdad que bien parece y que la hizo chulísima. Pero arderá con la muñeca vudú dentro.