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El instinto y la consciencia

Ella nunca estaba al teléfono. Él nunca estaba a la hora. Ninguno aparecía cuando tenían que aparecer pero se llevaban. Pasa de mí. Se reían y se insultaban separando cada tono con un solo punto y coma.

Llevaban así ya un año y no había más futuro. Veían el mundo pasar y a todos hacer lo que hace la corriente. Miraban sus fechas, contaban los días y no había nada más allá porque nunca hubo más que hoy.

¿Tú estás bien así? Le decía él cuando ella mostraba dudas. Sí que estoy bien. Pues pasa de mí… Y cada día era el mismo.

Y al final, después de un tiempo acabaron haciendo lo mismo que hacen todos y siendo todo lo que querían ser pero que por no ir al uso o, más bien, por no querer ir al mismo sitio que los demás, se resistían: no confiando él, temiendo ella.

Llegaron donde estaban todos y todo era normal y todo era tiempo ganado porque, tanto temer, tanto pensar nunca fue bueno para el hombre. Allá la religión, allá la fe, allá la entrega, ataron raíces y dieron frutos.

La vida se abrió paso a pesar de la consciencia. La razón ganó a la experiencia.