El atardecer del año, un día cualquiera empieza el frío. Al caminar ya se pisan las hojas secas. Cada día le cuesta más al Sol disolver la niebla, la apartaba de un soplo hace apenas un mes y ahora el catarro le ahoga la garganta y nos deja en la sopa hasta mediodía.
Ya se va el calor. Se fue otro año de un soplo. Queda uno menos. Llega esa depresión de ver anochecer antes que nunca soporto. Me deprime casi cualquier cosa pero esta es de esas de migraña, y toco madera, que hace tiempo que no aparece por aquí mi amiga Áurea a darme un par de quites.
Ver veremos.
El otoño es un olor. Es una luz. Lo mejor es que empieza a oler a otoño y a haber esa luz por las tardes, no la blanca que hay ahora y a la que temo sobre manera… No, no es una luz con un aire caliente y un rumor de hojas, es un atardecer de lluvia suave. Septiembre y en la lluvia, como dice la canción, como siempre digo yo. Las hojas cogerán pronto cien tonos del verde al gris. Y tú y yo paseanding.
Volveré a trabajar y no querré mirar por la ventana del despacho para no deprimirme.