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El hombre de negro

El hombre de negro

Todos los locos en la calle. Se ve que como tarda un ratín en salir la luna que está menguando estos días. Está nublado o porque nos sale de los mismísimos a todos de ser así. En un cruce a poco de salir del trabajo casi veo cómo un coche vuela a otro.

Más allá, ya en carretera, tuve que pegar un frenazo de cojones para no comerme al subnormal profundo que venía enfrente adelantando, lo propio haría el adelantado para evitar lo que el gilipollas aquel buscaba con ese adelantamiento. Luego lo llamarían accidente.

Me quedé temblanding.

Bien.

Más tarde, de llegada a casa, me paré en el supermercado, topé plaza para aparcar de chiripa y entré a comprar cuatro tonterías. Llego a la caja y con una paisana delante y tres detrás me quedé en sangüis. Total que llega la caradura de siempre que tiene prisa, siempre hay una. Hay mucha gente, no lo niego, amables ciudadanos, que cuando me ven llegar a la caja sólo con un paquete de chicles me dicen amablemente que pase si es que llevo sólo eso. Suelo declinar el favor, vamos, siempre respondo con “no, por favor, nono, no tengo prisa”, aunque la tenga, aunque se vaya el tren, aunque ya haya gastado el tiempo de la comida, aunque se acabe el mundo mañana.

Pero no hay figura que más me reviente que de la paisana esa que tiene prisa. Siempre tiene prisa. Siempre se va el tren o lo que sea y siempre, sin fallo, la ves a la salida cacareando con sus amiguitas, tocándose los güevos tranquilamente mientras se va el tren, el autobús, se acaba el mundo, en fin.

Como yo tenía el día y la vi venir, quizá sea verdad que tenía prisa, llevaba un paquetito de la panadería, quizá con ese trozo de levadura o lo que cojones hubiese dentro, fuese a inventar la penicilina y salvar millones de vidas y toda su descendencia y méritos… Lo dudo… De hecho, la prisa que tenía era al maromo gorilonte de su marido, hermano, mascota, que tenía a la puerta, mal aparcado por supuesto, dentro del coche. Esa era la prisa en este caso, llegaba el fin del mundo por parar el coche y no tenerlo al ralentí.

Pues la vi venir pidiendo en la cola paso, sólo llevo esto, sí, sí, decían todas las demás hasta que llegó al hombre de negro. Noté que se paró un poco. Oye, me dijo, ¿te ha empezao a cobrar?.

Nop. Respondí, seco, sin mala intención.

¿Me dejas pasar con esto?, dijo levantando el paquetito de salvación biótica.

Nop. Respondí, seco, sin mala intención.

Son seis de estas dije a la cajera. Me dijo tanto con cincuenta. Saqué la cartera con total parsimonia y me puse a revolver monedas hasta dar con la cuenta más algo más que me debía de cambio. Gané tiempo colocando cosas en el carro mientras me daba la vuelta. Entre tanto la sinvergüenza de la señora me estaba empujando el carro contra mí y yo pensanding en soltarle un a ver quién tiene más fuerza, pero me contuve y mantuve firme esa pata para que el carro no cediese. Tranquilamente di las gracias a la cajera y me fui, devolví el carro y al volver al coche pude ver a la amante de gorilas señalarme desde el asiento de acompañante de su coche a Maguila. Últimamente, pensé, están de moda estos bichos, no veo más que mujeres con gorilas. Esta gente va a acabar poniendo de moda la mierda de pincho al tomar el vermú.

Así que contacto, blues, y carretera. Y es ahora en que sólo me arrepiento de no haberla llamado sinvergüenza cuando me empujó el carro.

Bien es cierto que podía tranquilamente haberme hecho pasar un poco por cura, no hermana, necesito estas cosas para salvar almas de niños pequeños no abortados para que me la chupen, o algo así, que tampoco conozco todos los misteriosos caminos del señor.

Quedé fatal, pero después de estos días, prestome por la vida.

Salú.