Dice Cide Hamete Benengeli que estando Don Quijote en la cola del supermercado...
Entró en la cola otra vez la paisana aquella, que no será la de la otra vez, pero que era la misma que la vez primera y de la enésima siguiente, tanto por intención como por motivos.
Y va la mujer diciendo el me dejas pasar y pasa al asentimiento de los circunstantes. Hasta que llegó al hombre de negro. El chaval estaba de buen humor, alegre como está siempre, y le tocó en el hombro la pregunta. ¿Me dejas pasar?, le dijo.
Con la idea preconcebida de dejarla pasar, giróse pues, y sin contener las palabras y sin haberlas masticado antes, casi sin saber lo que decía, dijo: ¿Por...?
Quedó la paisana, dicho en modo despectivo aunque nunca la use así, pero el término señora se le queda más grande que el abrigo de un gigante... Quedose pues mirando extrañada. El extrañismo de la mente, según leemos por la wikipedia ya que en habilidades sociales el hombre de negro, también llamado el de la triste, triste, figura son tan tristes como él.
Saltaban los ojillos de aquella mujer del uno al otro de este hombre y quería adivinar qué entrugaba aquella pregunta. ¿Por...?. Volvió a repetir. La cola entera quedó en silencio en espera de qué pasaba. ¿Por...? Volvía a repetir aquella voz ahora más grave.
Pasa, anda, pasa, dijo el caballero negro riéndose.
Pasó la mujer.
A poco, ni un segundo después, la boca de la mujer fue presa del refunfuño y a la tercera palabra el dolor en la herida quijada del hombre, tan apretada, era ya en demasía insoportable y a la palabra "sinvergüenza" no aguantó más.
Con la sonrisa de sorna en los labios, suponiendo que de otra manera quedaría peor, comenzó a hablar.
Calla, paisana, que te dejé pasar. Y sí, de tú, porque el respeto hay que ganárselo, no se nace con él y aunque tienes más mili que yo no mereces ninguno. A ver qué fue de las palabras mágicas que son sólo tres, carajo, y da cosa ver cómo la gente las olvida. ¿qué fue del por favor y las gracias?
Hizo pausa Don Quijote en su discurso y al silencio, como se le mata con ruido, creyéndose, sabiéndose más bien, en poder de la razón, prosiguió...
Seguro que tienes hijos o nietos o los dos y tendrán la misma falta de vergüenza que tú. De fijo que van por la calle creyéndose los reyes del mundo como tú. Aquí hay tres en la cola detrás de mí y ninguno oyó ni un por favor ni un triste gracias por dejar pasar. Y se que tengo razón. Y la gente tan sinvergüenza como tú llena el mundo de criajos, que no está en los genes, lo aprenden de los padres y acaba uno caminando por la calle con la única idea de que haya tannnnnto gilipollas y tan pocas balas...
Cegó el silencio toda la estancia, sólo sonando neveras y la gente revolviendo por la tienda, conversaciones lejanas, ajenas al sucedido.
Cobraron a la paisana. Cobraron al hombre de la triste, triste figura, vestido de negro, puta casualidad, otra vez. Respondió con un gracias a la entrega del cambio a la cajera y fuese avergonzado de lo que acababa de vivir pensando que hizo mal aun conociendo la científica verdad de su razón.
Y se recuerda en la tienda la anécdota como el discurso de los dorados siglos.
Dichosa edad, dichoso el siglo cuando el caradurismo se peleaba a puerta cerrada en casa de cada cual y la gente no iba por la calle escupiendose miserias.
Dichosa edad, dichoso el siglo, me cago en mi puta vida.