Debe de haber dentro de cada uno de nosotros un adulto durmiente como dentro de cada crisálida hay una mariposa en potencia. Tenemos cada cual un foro interno, un motor que nos guía. El de uno, el mío, pesa mucho mas que aquel hombre que pueda haber.
Mi forma de pensar es la de aquel adolescente que describía Molina. Es el de alguien incomprendido. Alguien que sólo sabe decir, ante cara de atónito, que yo ya me entiendo. Uno es quien es por quien ha sido. Quizá no haya llegado ese verano que uno espera que haga salir aquel hombre que dice que es. Uno se va haciendo a sus maneras y a las de los demás quizá para ocultarse en la multitud.
Y sigue pensando uno que nadie le comprende como ciertamente es y no dice a nadie porque nadie va a entender como si fuese extranjero en esta tierra y no hay suelo al que llamar hogar. Y más allá hay tierra y aquí un árbol, un bosque y nada significa lo que ves, lo que quieres ver, toda palabra es ambigua.
Escribe, el eterno adolescente, llamando en papel dentro de botella a nadie y cierra sus palabras con el candado de la elipsis. Nunca dice a qué se refiere siempre dice de tú a quien lo lea y nunca hay un tú que pueda leer y, ya no comprender el escrito, si no saber por qué lo escribe. Y tiene un vacío dentro que ni cubos de cerveza pueden llenar ni dispersas conversaciones, tacto ni contacto, nadie está, nadie viene, nadie quiere saber ni sabe.
Ese evento, quizá estuvo delante. Esa primavera ese nacer de los sentidos. El río que nos mueve, nunca ha sido para él. Escribe desde su mente lo que pudo ser, lo que él querría. Escribe lo que siente y lee en los libros o quizá en el diario de los demás. Lee lo que otros sienten pero no comprende lo que ven. Donde él siente otros viven. Donde comprende otros sólo ven. Y hay un mundo ahí fuera lleno de ropa y vidas de calle, lleno de besos y gente que quiere besar pero una burbuja impenetrable de rencores, de desdichas quizá ilusorias. Hay un campo energético más fuerte que la voluntad que le impide ir a mirar, conocer, palpar donde otros ven, saben y tocan.
Hay una gravedad que atrae al eterno adolescente hacia el centro de su mundo del que es tan dificil salir: La vergüenza, la posibilidad aunque remota de dolor. La intuición de que todo vaya mal, el público, el pasado.
Y cada palabra que viene de fuera es un mundo contra el que chocar y cada ojo que mira cree que ve lo que no debe. Cada nueva frase tiene que caer por el peso de haber vivido o peor, de no haberlo hecho. Cada huella deja una gran nube de polvo de palabras dentro de la que no se puede discernir qué es cierto y qué es verdad. La verdad es para cada uno y lo cierto es lo demostrable.
Le dicen que está perdido en su mundo y eso es cierto. Le dicen que pierde la oportunidad y eso es la verdad. Las palabras "te han hecho algo que ahora te impide conocer a gente que merece la pena" siempre las dice alguien que no la merece. Gente en la que gastar tiempo y esfuerzo en disipar el humo irrespirable del polvo de palabras. La calma trae la desesperación y miedo de Robinsón en su isla al ver una huella humana: ¿Quién será? ¿A qué viene?
Cada pregunta es pensar en ser vencido. Cada interrogante una nueva nube. Y al final era sólo una marca de paso que nadie dejó allí y nadie volverá.
Cada árbol es fruta de Tántalo. Cada semilla plantada un temblar por sobrevivir. Y cada hecho del mundo es una verdad o una certidumbre pero nunca se sabe hasta que ocurre.
Cuando pasa, cuando hay hecho cierto, nunca es primavera, nunca avanza, no llega el calor del verano. Llueve sobre hielo, patina el eterno adolescente y cae por la gravedad, cierta, de su mundo.
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Nescit vox missa reverti.