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Reyes

El domingo fui a pasear por la playa. Un frío de muerte, pero un sitio muy tranquilo. Anduve un buen rato por arena sin toparme con nadie.

Iba sin cascos. La vez anterior había otras gentes y por no oírles llevaba la música puesta. Este domingo hacía aun algo de viento. Las salpicaduras de las olas volaban y de lejos se alzaban como una niebla sobre la costa. Una vez metido dentro parecías envuelto en una nube. En aquella blanca oscuridad al fondo se movía el agua con el viento intentando cogerte los pies por la rendija de arena que se dejaba entrever, como en una película de miedo.

Nadie iba ni venía. Estaba yo solo con el ruido del oleaje, pensando mis tonterías de siempre.
A media playa, allá a lo lejos se veía un perro ir, venir y nunca quedarse. Como es un perro, vamos. Alguien lo esperaba y hacía gesto de tirarle algo. Alguien parecía medio agachado. Al acercarme pude ver que una moza jugaba con el perro mientras el mozo se entretenía con un palo rallando el suelo.
Seguí acercándome en paralelo. Seguía una línea más allá porque, habiendo mundo, no hace falta estorbar a nadie. Ella se debió de dar cuenta de lo que él hacía. Le dio un par de manotazos en la espalda a lo niñita diciendo para, para, déjalo ya. Al final él tiró el palo y empezaron a besarse abrazados en aquella brumita, en aquella playa negra y con el labrador inquieto corriendo de acá para allá que, como no le atendían, vino a olisquearme de cerca, le sonreí y como tampoco me veía ganas de juego, se fue.
Seguí playa arriba, si es que en las playas hay arriba. Esta vez me pilló marea alta y el paseo se hizo más corto, otras veces paso a la siguiente playa caminando. Al volverme seguían allí abrazados. A poco de echar a andar, cuando tenía trazada mi nueva línea por la que no encontrarme con ellos que parecían estar en su casa y yo en la ajena, echaron a andar para salir al paseo con lo que iban a cortar mi ruta. Desvié, apunté los pies al mar y eché al norte unos pasos para pasarles por detrás. Llegué entonces a donde ellos estaban antes.
Di unos pasos atrás, tiré de cámara e hice una foto, a ver si la subo. En la arena ponía: “Reyes”. Supuse que la moza era Reyes. Aunque yo les rendía pleitesía a ambos como si de verdad lo fueran ya que yo era más ajeno a aquel lugar que la arena de carbón que iba pisando. Y pensé si no habría escrito tu nombre en la arena, si lo habré soñado. Y pensé si habrás soñado tú que alguien escriba tu nombre en la arena con tipo de cuatro metros.
Entre gilipolleces de eterno adolescente nunca escarmentado por lo pútrido del mundo, una ola se llevó media obra de la de Reyes. Apura el paso, macho, me dije que hoy salimos mojados. Y me fui.
Me gustó ese paseo, tengo que subir fotos de la cabaña que alguien se había improvisado a la orillita del mar y de la firma de reyes.