Me paré a disimular, saqué el movil y le dí un repaso hasta que la gente despejó un poco.
La dejé, mirando a todas partes con vergüenza, sobre el pretil.
Blanca, peludita, hecha de una especie de lana aterciopelada. Una mañana de sol radiante que la hacía deslumbrar incluso de lejos, como cuando me dí la vuelta al doblar la esquina antes de llegar a la cochera.
Seguía allí.
A saber en qué manos estará ahora.