quizás el sucedido de mi vida, quizá la experiencia más importante que me ha acaecido desde que soy nacido en el mundo para morir: Hoy he visto a a la mujer más hermosa que pueda haber nacido de carne.
tiempo, me he dicho antes de comenzar a escribir, àra enfadarse por escrito como tiempo hay para morir en esta tierra infame que nos ve vivir o sobrevivir cada día.
quería escribir del hecho que me enfadó el fin de semana pero lo de hoy no ha tenido parangón en cuantos días he visto pasar frente a mis ojos, mis tristes ojos que nunca han estado preparados para ver el infinito como hoy han visto el paraiso citado en la tierra, de haber uno, de existir la otra.
he visto a la mujer más guapa del mundo. empujando un cochecito de bebé al que no pude ver ni si era maco o hembra. empujando y hablando por el movil. en cierto punto se detuvo para atender a la explicación del interfecto y medio se quedó en blanco enfocando a la profundidad, lejos de mis ojos pero centrado en ellos. No pude más que pararme y quedarme con el atónito del tonto mientras ve el suceso más maravilloso que pueda darse en la naturaleza. congelado al siguiente paso, estudié su pelo liso y negro como el azabache, brillando al sol poniente que pegaba desde mi espalda sobre la joya más preciosa que ha dado la entraña del mundo.
Unc aracolillo, un flequillo hiriente a mi vista la hacía parpadear y permanecer seria y, al punto, sonreía con una arruga a la comisura de los labios que Dios en su infinita sabiduría, para castigarme, puso en un segundo delante de mi. Fatal coincidenica, desdichado devenir del tiempo y las casualidades.
Unos ojos color miel, con hiel en el brillo verde que adiviné bajo el resplandor de aquella mirada tan grande, tan enormes ventanas se abrían ante mí. Pudoroso aparté la mirada en lo que pude aunque el deseo me trajo a sus piernas y sus caderas.
Contaré, si me atrevo, a pesar de las risas que traerá la anécdota, que he visto hoy a la mujer perfecta con el ijo que siempre quise, quizá, y que como siempre gozará otro. Otro que no sepa merecerla, otro que debería aplaudir con las orejas lo que resta al mundo en cada segundo que pase pegado a ella.
Ella una, ella sóla, que hizo una madre que no sabría que la iba a regalar. Ella que dispara miradas como quien fulmina a la multitud con una ametralladora. Ella sola a la que, como siempre, no perdonaré.
Desde este tártaro de Tántalo que me he construido o que sólo yo conozco, he visto la fruta m´s jugosa y madura a la que el viento ha retirado de mí por nacer tonto y feo.
Hambres vendrán, sueños lloverán sobre los siglos, ¡quién quisiera!, quizá años o lustros, con suerte, que me quedan por vivir en que la siga echando de menos...
hoc rosa, decía aquel, stat rosa pristina nomine; nomina nuda tenemus.