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Tú qué cojones sabrás

Es la respuesta. Siempre habla quien menos méritos tiene. Siempre habla una mujer, alguien que pone el cartel de libre y tiene como cincuenta maromos dispuestos al a agasajo y desgaste. Una mujer, señores, de esas que ponen un anuncio en internez con media foto y se le llenan los buzones de correos sugerentes, sugestivos, de polvos al saco, de payasos en busca del oráculo, del vértice de su punto de flotación. Y lo encuentran... De gratis, que es lo peor.

Ahí estaba el nota, el mocín de la peli, el hombre de negro. Una vez, en mala hora, dijo a una mujer, señora dama, quizá mayor para sí quizá demasiada pretensión. Una vez, señores, una y sólo una que tuvo redaños o suficientes litros de alcohol embutidos en el cuerpo: "perdona, ¿puedo hablar contigo?". Señores, fueron esas las palabras.

Querido lector, que no me conoces o quizá me sepas demasiado bien. Cuánto puede alguien como yo aspirar a mantener una conversación de más de diez segundos. Pues esta no llegó. Despedido cual gañán vasallo me fui como si tal cosa, recomponiendo el plumaje y echando vista atrás, que nadie me hubiese visto.

Pues con todo y esas, como aquel japonesito, el pobre, que escapó de  Hiroshima para irse a Nagasaki a que le bombardearan al día después, me vine yo.

Aun no se como o no lo recuerdo, el incidente de los diez segundos llegó a oidos y lengua de conocidas. Las conocidas que nunca son más que conocidas y por casadas, y por mujeres, saben más del mundo, al parecer, que el mundo mismo. Vienen a interpelar, vienen a aconsejar, vienen a decir y saber porque ellas han ligado mucho y saben de entrar... Porque si dices que saben de que les entren, les parece mal. Cuidao, que sólo ellas son dueñas de llamar puta a la de al lado. Sólo son sabedoras de la verdad, de la última palabra aunque siempre sea un rotundo "no".

Infeliz de mi, que todo tomo a broma y que por estar pasado de cerveza me reí del tema e hice un chiste de lo mal que elegí el camino, con una poda alfa-beta, hubiese pagado yendo a blanco seguro... Empezaron a reñir. No son formas, decían. Que tú siempre buscas lo mismo. Decían.

Que esas no son palabras.

No te jode, decía yo, ¿qué quieres que diga? ¿quieres follar Catalina?

Y vino la tormenta.

Que siempre pensáis en lo mismo y todo lo medís por follar o no. Mi madre del alma. Sabrás tú por qué mido yo las cosas. ¿Qué carajo quieres que diga que sea mucho más comedido que la frase que pude decir?

Pues... Ahi la duda, qué cojones iba a contestarme... Pues... La verdá por delante.

¡Ja! Yo ya enfadado. Cagondios. Si digo la verdá salen corriendo.

Joder, ya me dirás, que ibas a decir si dices la verdad...

Hubiera dicho: "¿Quieres casarte conmigo?". Las risas del grupo se callaron un poco, los ellos no sabían que pensar y las ellas, qué decir.

¿Pero cómo vas a decir eso? ¿Pero tú en qué mundo vives?... De respuesta a la gallega, de quien se ha perdido en derroteros que no conoce, de los que no sabe, en monte cerrado y sin ver el sol.

En el mío. ¡Vivo en mi mundo!, ¡joder!. Hubo aplausos por parte de tres de los comensales. Machos para más información.

Hubo otro silencio.

Tampoco sabía que decir y atacaban por la otra banda: Es que si no te esfuerzas... Silencio, paré. SIlencio, cuidao con lo que dices.

Cambio de banda: sí, porque queréis las cosas sin esfuerzo (ojo que la conversación quizá venía por que a "ciertas" les parece mal que "ciertos" paguen poco por tener lo que ellas les dieran por todo el oro del mundo pero no por 60€ el acto...

Silencio tú también. Dije yo al otro frente.

Insistía, ahora más alto. Sin esfuerzo, sin riesgo no hay gloria patatín patatán.

Recosteme en la silla, alzando la barbilla en todo lo que pude, quizá hasta con el orgullo de pensar en el deber cumplido en el pasado. Esperando un silencio que no venía, serio, apretando los labios ya con la rabia sabida de mi verdad, de la nuestra. Clavando la mirada en la suya a pesar del grave esfuerzo que eso le lleva a alguien como yo, grité por encima del grito: "¡tú... tú no sabes lo que hice ni lo que haría por una mujer!"

Seguía repelando entre medias de mis palabras, todos callaban ya y seguía queriendo no escucharme por sólo ofender. ¡Tú!, insistí, ¡tú que sabrás lo que hice yo por una mujer!

Al fin silencio, sólo la música fuerte del bar.

¡tú qué sabrás de mí! ¿tanto conoces de mí? ¡tú no sabes lo que hice ni lo que haría por una mujer!

Media vuelta y a la otra: ¿Y tú? ¡Tú tampoco, joder! ¡Qué sabréis vosotras dos de lo que fui capaz o de lo que sería capaz de hacer por una mujer!

Aun en silencio. Una quiso quitarme razón cuando yo bien sabía que la tengo: ¿y qué hiciste? a ver...

Eso, señora mía, no os incumbe, dije, entre ella y yo quedó y a quien ella lo quiso contar que nadie mas lo sabe.

Un silencio más largo. Me bajé media cerveza de un quite, alcancé el paquete de tabaco y me salí del bar buscando La Luna, con mayúsculas, que sabía que se había puesto al anochecer. No desistí de mirar tal o cual resplandor a ver si al pasar la nube asomaba su pálida piel.

Dentro había murmullo de discusión, que muy amable y muy correcto fue, etc. Y al salir, alguno me dijo que na, chaval, que tenías razón.

Tomé otra deprisa y fuime agachando la cabeza a dormir lo poco que quedaba de la noche.