Todos los rumores empezaban en La Taberna del Cura. Medio pueblo paraba allí cada noche y la otra mitad iba goteando por el día, yendo a por el periódico, un cuartillo de vino o las dichosas cuchillas de afeitar.
Allí comenzaban los dimes que se desparramaban al otro día como hojas secas llevadas por el viento tras cada esquina de la aldea. Muchas eran tonterías como la de aquel día y otras eran noticias venidas de tres de los cuatro lugares que existían en el mundo: la ciudad, el extranjero y la guerra.
Casi cada noche era igual. Humo y alboroto de las partidas de mus que terminaban por se una sola. Alguna vaso roto y jolgorio repitiendo la treintena de anécdotas que todos ya sabían pero que, bajo el vapor del tinto y con la voz rota por el tabaco, siempre sonaban a nuevas y acababan en una explosión de carcajadas con miradas cómplices, asentimientos y el colorado de turno repitiendo el ya os vale.
Entró Carmen, la panadera. Su marido estaba en la partida de la esquina, aunque de espaldas a la puerta. Los jugadores de mus nunca dan más de dos palabras salvo para reñir al otro. En ese momento hicieron una excepción, no había seña, alguien murmuró: "el pan", sin mover los labios. Y Antón apartó el vasito hacia la mano de su derecha.
La gente, al verla pasar, hacía la mueca del ahí está y se iban apagando las voces para alcanzar alguna palabra, si la soltaba, de aquella señorona. Era quien iniciaba los bulos. Nada era verdad o, más bien, no había permiso para correr la bola hasta que doña Carmen la soltaba en público. Era de mañana la que más voceaba, incluso más que el tratante llamando desde la plaza. Y más valía comprar pan que el periódico para saber lo que se cocía en todas partes. Las partes eran pocas que, no se sabe cómo, siempre se pierde información o, simplemente, nadie la sabe interpretar. Y acababan por ser cinco los sitios que aparecían en los titulares, los tres ya comentados, una barriada del pueblo que siempre se citaba con un "por donde" delante, y el cementerio. Nadie paraba ni hacía nada en ninguna otra parte y nunca nadie se preguntaba qué ciudad era aquella, qué parte del globo era el extranjero ni cómo ni cuándo ni por qué.
Todo empezaba ya a sabiendas de decenas de personas pero nadie parecía decir nada ni darse por enterado hasta la primera frase. Era una frase de oráculo, abierta a interpretación y sueño. Aunque sólo los niños nos preguntábamos el cómo, el dónde, el por qué. Los chavales llegaban a una edad en que maduraban a ese punto en el que respondían con "cállate niño" a cualquier inocente pregunta. Parecía encajar la noticia en los saberes de aquellas personas y que nadie más necesitaba conocer su secreto. Un idioma propio se habían inventado aunque, siempre, la frase crecía y de la noticia de que fulano no volverá de la guerra, se acababan concediendo medallas al valor, aniquilando regimientos aunque, años más tarde, termine uno por enterarse de que fulano fue preso mientras cavaba trincheras y fusilado sin siquiera saber con ni contra quién luchaba.
La panadera se llegó a la barra haciendo no darse cuenta de señas, ni vinos, ni silencios espectantes. Todos esperaban una frase que poder tergiversar para seguir las conversaciones fuera de las anécdotas diarias. Pidió lo de siempre y echó un trago largo. Fuese a su marido, dejó el vaso con escasas gotas manchando el fondo y le dijo que era la última y que en cuanto la acabe, "al horno".
- Son horas. - Respondió él.