¿Cuánto dura la alegría? ¿Cuánto la fuerza?
Cómo de optimista puede ser un ser humano en este mundo que se ha construido a nuestro alrededor. El pudor, la vergüenza, la misma incultura que afecta tanto al conocimiento científico como al humano. El humano no es haber leído a Shakespeare ni nada parecido. El humano es pensar en la piel como algo tan caliente que no quema sino que derrite.
La vergüenza me obligaba a apartar los ojos al hablar. Pensé en un momento dado que amanece tan pronto, carajo, pense en canciones para evadir el miedo. Y yo estoy tan solo, me dije. No estaba en el sitio, en el momento, estaba lejos buscando frío de beber, chorreando sudor. Pedí lo acordado y un copazo de ron que me iba a acabar con el estómago pero a despegarme del firme de mi convicción. Volví. Y ya no era yo.
Cómo una piel puede desprender tanto calor. Cómo persistir su tacto. Cómo marcar tanto que aun puedas sentir la vibración, el culebreo fugaz de una lengua, al chasquido, batir de alas, roce del paso de una nariz, el aire saliendo a borbotones contra tu oreja. Cómo el mojado sudor puede tener tan buen tacto, tan agradablemente salado, ácido sabor. El no poder quitarse de la cabeza que aquello no podría ser eterno. No eterno, no mundano, no miserable, no estar allí, no querer seguir sin poder dejarlo. Que no se acabe, decía. No te separes de mí, repetía.
Y no eras tú y yo no estaba, miraba de lejos, muy fuera de aquel cuerpo que quería no perder, no dejar, que quería no avanzar y seguía, que quería no apartarse y hablaba en murmullos poco más altos que el roce de la ropa.
Dios de las luces, alma de la vida que no estás, que nunca viniste, que no quieres volver. Acuérdate, fantasma del recuerdo, miserere mei porque sigo vivo porque no soy yo, porque vendí el alma a la esperanza, porque nunca perdí el cuerpo a la sinrazón de la existencia.
et a facto meo munda me