
La verja de la entrada del jardín chirriaba movida por aquella la brisa pegajosa de aire caliente que ni siquiera llegaba a entornar las gotas de agua que caían como bombas sobre su cabeza. Detuvo el crujir de los goznes del portillón de madera que, entreabierto, dejaba ver la penumbra de la calle rodeada por los muros de las casas del barrio.
Sujetando la puerta con una mano, volvió a mirar a la puerta de la terraza donde ella aún observaba detrás de sus gafas de sol. Soplaba de vez en vez un cono de humo a un lado en actitud de desprecio apuntando la barbilla al cielo, cabeceando para apartar altiva un mechón de pelo.
- ¿No vas a venir? – volvió a preguntar.
No hubo respuesta. Un hilillo de humo le cruzaba el cuerpo desde la cintura. El humo cesó cuando soltó el cigarrillo sin apenas mover la mano que caía lánguida a un lado del cuerpo. Se apagó la colilla al tocar el suelo mojado. Él quiso escuchar el siseo del fuego peleándose contra aquella ducha caliente, desvió la vista un instante porque no podía aguantar lo que creía que era una mirada tras el negro de las gafas. Tiró de la puerta, miró el cartelito por última vez, era el 3328 de Tnjúi.
Y echó a andar. Desde hacía mucho un solo pensamiento rondaba su cabeza y desde ese instante ya no pensaba en nada. Cada gota que caía sobre él parecía más fría que la anterior, el roncar de algún motor de los coches de la calle semejaba el bramido de un animal herido de muerte queriendo llevarle con él en su última embestida. Cada movimiento una amenaza y todo aquel a quien cruzaba creía que miraba para mofarse de él. Se encasquetó el sombrero que agachaba las alas
empapado, subió las solapas de la camisa como queriendo esconderse más que buscar abrigo.Se detuvo en el final de la acera, seguía sin pensar en nada, no era él, era cualquiera. Era esa persona que le levantaba cada mañana y que no recuerda quién es ni sabe por dónde ha pasado. Esa persona que había dejado de ser por un tiempo y que ahora movía sus piés. Contaba las farolas, veía a la gente como fantasmas pasar delante, reir, comprar. Enfrente había un club “Burma”, parpadeaba un neón sobre el que se perdió su vista nublada por la ahora tan fría y ya salada lluvia.
Cruzó la calle corriendo, como queriendo salvar lo poco que tenía sin empapar. El bar, a pesar del chaparrón, estaba casi desierto, una mujer sonreía a un hombre allá al fondo y alguien se daba manotazos en la gabardina para intentar achicar agua. Todo era penumbra y luces suaves salvo la barra que parecía el final de un largo túnel en verano, deslumbraba sin que se pudiera distinguir el resto del local.
- Buenas tardes, caballero – dijo el camarero desde el altillo detrás de la barra - ¿qué desea,?
- Deseo… Quiero… Amigo, póngame lo mejor que tenga contra esta lluvia.