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¡Es un remanso de paz! ¡Lo alquilo!

El domingo subí al monte Caleyo. Ya había subido más veces, esta ese distinta porque me desvié y cogí un camino de esos que abren los maderistas. Llegué a la cima del monte y pasé al otro lado. Cuando estaba pasando por uno de los caminos más altos con una gran vista de un bosque de pinos que continúa en el monte de enfrente al otro lado del río, paré la música que llevaba puesta, y me quité los cascos al ver de lejos algo moverse por allí, un animal. Me paré. Era una raposa, si señor, a plena luz del día por allí. La visión duró muy pocos segundos, se perdió rápidamente por un lado del camino.

Más allá incluso había una calavera de vaca a modo de jalón en la cuneta, con los cuernos y ojos huecos y una extraña podrida sonrisa a la que se le salían los dientes por un agujero de la quijada. Tenia una textura acartonada y muy poca consistencia porque estaba en un barrizal.

Pues por allí saqué el reproductor y le pegué un grabado al ambiente. Estaba nublado, poco sol y mucho calor, de tormenta, aunque no suenen truenos aun. Quizá se pudiera dormir tranquilamente allí a la intemperie, carajo. Tan lejos de carreteras...


Suenan tordos malvís, tordos negros, perros en lontananza y mis pies al girar.