No lo digo yo, que la gente dice que soy muy mal pensao, como quien va diciendo por ahí que soy un pirao, sabe Dios.
Lo que hablo es que se ha muerto el Michael Jackson, casi ná. Un colega de la facultad lo tenía por lo más grande. Y, recuerdo com si fuese ayer, cuando nos enteramos de que George Harrison había dejado el dolor en la tierra para los demás. Harrison había muerto de cáncer, puesto de morfina como espero que me hagan a mi si una vez me ahoga un tumor. De aquella, salió en un titular por la radio y no dieron más información, encendimos la tele y en ese programa de la salú en el que antes estaba el paisanín ese tan simpaticote de los videos obscenos de youtube (pumpum pumpum) y estaba danding la misma noticia y diciending cosas que le ponían en el prometer y alguna de cosecha propia, imagino. Así que entre fotos y narraciones de los últimos meses del Beatle aquel de los bigotes, sonaba Oh my Lord, esa canción por la que le acusaron de plagio. Les dejamos, decía el presentadón, con esta canción que dice, Oh, señor, quiero estar contigo, como si tuviera, decía el paisano, un no se qué de premonitorio…
Al instante solté un joder, premonitorio, apunta-y por ahí, vamos a morir todos, porque mis poderes adivinos son mejores que los de George Harrison y predigo la muerte de todos y no solo la mía propia. Aquí no se salva ni el tate y el que no me crea que de tiempo al tiempo.
Pues una grave sensación de deja-vu o como cojones se escriba, nota uno al leer que la exmujer del tal Maiquel Yacson dice que él lo sabía, que iba a acabar como Elvis, el padre de ella, por cierto. Y digo yo, sí, muerto.
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La muerte es una cierta consecuencia de la vida, nos morimos para dejar sitio a las nuevas generaciones, mejoradas por la reproducción sexual que creó la muerte para eso, para generar variación y apartarnos de la comida de los nuevos.
Quizá el error, tan humano como el morir, sea una consecuencia de estar vivo. Uno sabe que está vivo porque piensa, porque duda, porque sufre y padece. Uno está vivo mientras se equivoca.