
Aquella vez, apenas llegamos, empezó a llover. Siempre llovía al llegar, no se si era el lugar o la compañía. Uno no es supersticioso pero, visto lo visto, siempre se podría pensar que eras tú quien traía la lluvia.
Aquello era un paraíso. Allí estábamos esperando como siempre… Bueno, esperaba yo, tú estabas de vuelta. La cosa era perderse por senderos no andados para mí. La vida era otra, era todo verde, era no pensar. El paraíso debería ser así para todos los mortales. Levantarse pensando en una idea feliz y morir cada día pensando lo mismo. Sin complicaciones, sin buscar comida porque sobraba. Sentirse cada día el ser más dichoso sobre la tierra y dormir sin soñar porque ni puta falta hace cuando cada día es sueño.
Los vientos que traían la lluvia, el mal tiempo que siempre arrastrabas, aquellos cuatro vientos tan fuertes, tan sabios, tan viejos a los que rezaban aquellos señores de Kingston Trío, repiten con un soplido ahora detrás de mi casa tu nombre en la noche, un nombre donde ya no hay nada. Me trae el recuerdo de aquella prisión azul que me imaginé, que alimentabas, aquel paraíso en la tierra. Aquel hombre tan fuerte, el más fuerte del mundo. Aquella mujer “completa” como no hay ninguna, fiel y sincera. Recuerdo… Siempre uso esa palabra. Recuerdo, miro hacia atrás. Como un perro acosado, decía, escapando de viejas fotos, de viejos dibujos, quemé tu lata, mis naves. Como un canto rodado: ¿Qué se siente ahora?, diría aquel, ¿qué se siente cuando todo te da de lado? ¿qué se siente apostando años a una que nunca mereció tanta pena?
No más tragos, tanto esperarte. No más cantos de sirenas. Cuánto tiempo habría pasado. Toda una vida, te dije, una y dos, si dos tuviera, con la sola condición que era que nunca me mintieses, que todo aquello fuese verdad.
Perdido aquel, tu beso, perdida la vida. Acabado el paraíso, terminada la jornada de lo que fue mi juventud… Perdidos los años, el tiempo. Caído ya el sol de vuelta y sin más porvenir que la nada que regala este puto mundo… Pasado ese que fue mi paraíso, no queda más que vejez. Como tantas veces me habrás leído, no quiero más que vejez, pasar del tiempo sin dolor ni pesar. Y, quizá, un día desahuciado por una mala fiebre, atreverme a pegarme un tiro en la boca al borde de un río por no manchar y por que ningún conocido tenga que ver mi cuerpo muerto.
Pasar de días, correr de años, cómo se va el tiempo, cómo nos va pasando. Y aquel segundo, aquél parpadear que fue tu vida conmigo, sigue siendo la primavera que no fue pero que siento tan mía, tan vívida como pintada en el tecnicolor de El Hombre Tranquilo. Recuerdo el lluvioso día aquel y tu paraguas blanco y negro como el paseo en bicicleta hasta el cementerio y hermita donde se guarecían Sean y la pelirroja cuando se escaparon de Miguelín en la película.
Aquella vez apenas salimos empezó a llover, lloviznaba, orballaba, y me tapaste con tu paraguas bicolor. Dios de mi vida, siempre recuerdo esta frase igual que la recordé en aquel momento, que citaba ya al final de la novela Muñoz Molina en El Jinete Polaco, Dios de mi vida, Dios todo poderoso, donde quiera que no estés, pensaba, haz que esto dure.
Y soñé aquel momento como lo soñé esta noche, y cambiaba de final o empezaba distinto o usabas el paraguas a pleno sol. Parece, cruel dios ese, que me hizo caso y aquel momento vive y vivirá.
Ay de mi vida que no es mía. Ay de mí, ay, que no se olvidar. ¿Por qué es tan fácil para todos? Y lo que es más importante todavía: ¿Por qué soy incapaz de aprender un número de teléfono?