Hay días, hay minutos en la vida, en los que uno no quiere más que ver el mañana por ver si ha cambiado algo aparte del hecho de que llegue un nuevo día. Cada día es el mismo. Cada viaje de aquellos era igual, creo que conocía la vida de mi colega de pe a pa porque me la contó varias veces. No entró en detalle aunque la suya era más emocionante que la mía, con amores, viajes, etc. No daba para mucho más.
Cuenta tú algo, me decía. Yo soy más bien discreto, decía yo. Tampoco se me ocurre qué contar cuando me piden que cuente. Además, ya cuentas tú bastante. Entonces le tiraba del hilo de otra historia de las suyas para que me relatase otra vez, qué se yo qué. Preguntaba si me lo había contado. Suename, respondía yo, pero sigue a ver… Otra hora de viaje fuera. Mientras sonaba el runrún del coche y el de la voz del chaval yo estaba evadido del mundo, como siempre, miagando como Homer o, sabe dios, pensando en ti.
Así iba el mundo pasando debajo de nosotros y el tiempo a nuestro través.
Recordé ayer aquella vez que estaba el hombre muy ilusionado con pedirle a su novia que se casase con él, ya se lo habrá hecho. Estaba buscando ideas y dijo haber leído una en no se qué libro… Algo sobre hacer un álbum de fotografías o no se qué. Dijo que lo tenía completamente planeado y tenía las fotos perfectas, etc. Otra vez, creo que poco más o menos seguiditas, me contó que la tipa en cuestión se había repasado el libro y, por tanto, aquello ya no era original, ya no molaba.
Y tú, me dijo, que eres así, fijo que tienes algo pensao. Sí que tengo, contesté. Pues dame ideas. Un se, macho, qué decite. ¿Tú que tienes pensao? Lo mío es para mí, contesté, quedará entre yo y la interesada. Si no sale la cosa, quedará para mí y se irá a la tumba del Nota.
Y se irá como todo lo que no dijimos, lo que no hicimos. Como todo lo que nos hicieron y que no sabe nadie más. Como la pared, como el recuerdo del mundo que hiciste, que hubo entre tú y yo.