
En ese camino que recorro a veces con el buen tiempo. Todo bosque alrededor y, una vez sola me encontré con una mujer que tendría pocos más años que yo y que estaba sentada como alma en pena, en un borde del camino, mirando al suelo, me caso en Soria. Pese a ser medio desierto y no haber más almas en kilómetros, aquella no me saludó y pasé mientras me miraba caminar. Tampoco hice ningún otro ruido. Seguí adelante, monte arriba.
Ayer, bajando por el camino, donde se hace terroso y llano, pasados los desvíos de la madera y la serrería, allí, antes que vuelva la carretera de la mina y los pastos, me encontré una llave. Me llamó la atención el brillo, parecía un charquito diminuto. Al acercarme descubrí que era una llave, que no estaba oxidada, que habría perdido alguien hace poco.
Hice una foto a la llave, no se, a mi siempre me llama la atención encontrar cosas. Siempre me gusta pensar como en las novelas, al modo de guión de cine. Siempre veo en un encuentro fortuito la gota que empezó el río, la lágrima que rebosó el mar. Mientras me agachaba a cogerla ya la imaginación había hecho de las suyas, ya tenía dueño que se habría quedado fuera de casa. Quizá en la primera casa del pueblo que ahora está habitada. Quizá aquel… Y ¡flop! Sin perder minuto, como siempre, surgió mi propio recuerdo trepando por aquellos castillos como una bestia parda, como Drácula hecho lobo.
Ya con la llave en la mano pensaba qué fue de aquel conejito negro que una vez me encontré volviendo a casa de correr un sábado por la mañana. Pensé lo mismo. Pensé quién podría haber abandonado aquél pobre bicho y quién habrá perdido esta llave. Qué puerta abrirá, qué caminos comunica esa puerta.
Así, la casualidad hace la superstición. Quizá, como dices tú, sea psicosis maniaco-depresiva que hace que la imaginación destruya en un segundo lo que acaba de ilusionarla. Puede que tengas razón, soy un pirado.
Dos pasos más allá, a medio destapar, había otra llave. Simplemente la recogí y la puse junto a la otra en un pañuelo de papel. Ahí se quedaron encerradas, más tarde las dejé en el coche.
Seguí caminando y me pareció evocador, de aquel conejín, pobre, dejado de la mano que le cuidaba. Me pareció que hay una puerta para cada una de esas dos llaves, ¿Y si no hay caminos perdidos? ¿Y si sólo hay puertas que no encontramos? ¿Qué fue de aquel conejo? ¿Qué hacía allí? Tan solo, tan perdido.
Caminando descubrí un escolancio y me lié a tirar fotos, despisté a la melancolía persiguiendo mariposas y olvidé la muerte con el sol, subiendo la música, no se quién cantaba en esos momentos algo sobre que no te creo, que no te entiendo, que siempre he escuchado pero estás tan lejos y una carta que se rompe, se quema, desaparece para no volver.
Llegaba ya al pueblo, ahí estaba uno de los desvíos que iban a los campos del Trabaz. El camino está comido por la selva, nadie pasa por ahí, recordé a esa mujer que vi sentada la otra vez un poco más abajo, ya no está. Seguí caminando siempre hacia abajo, siempre era volver. Recordé por el nombre del Trabaz a aquella señora que murió hace poco que siempre pasaba por delante de mi casa para ir a su huerto. Miré atrás, allí estaba el camino, oculto tras la maleza a la que pierde el nombre ya que no es más que el monte tomando lo suyo, lo que un día fue suyo y que ahora los hombres mortales le han devuelto de tanto no pasar por allí. Recordé aquella canción y me la puse, decía: ¿Hubo un sendero aquí?
Pensé en si podría, con una de aquellas llaves, hacer un golpe de efecto de película de fantasía lanzándola al bosque y que el camino aquel pasase a ser de hombres y que el bosque devolvería la vida a aquella mujer que pasaba con su cesto sobre la cabeza o, mejor aún, al niño que la veía y le reía las gracias.
Pero ni tiempo ni distancia son todo para mí, cantaba una voz, como no eran antes, decía yo en viva voz a sabiendas de estar solo, sin sentir aquella vergüenza del niño al que le sorprendes en grandes conversaciones con los dragones de su mente y agacha la cabeza.
Y no te entiendo, y estás tan lejos.
Tiré las llaves en un rincón mientras me calzaba las gafas de sol, bajé la ventanilla, un perro rondaba por allí que se paró a mirarme un ratito, mientras yo pensaba si tirar las llaves fuera o no porque, al final, pensé, son llaves sin puerta. Nunca la tuvieron, son sólo una casualidad del camino.
No hay causa. Nadie las dejó allí, no tenían herrero que las forjase, ni siquiera debería haber reconocido en ellas el patrón de la manufactura del hombre que nunca existió más que en mi mente. Recordé otra vez la vida y la muerte. Supe otra vez el ser mortal y el que nada existirá ahí afuera desde el instante en que me muera. La congoja me agachó la cabeza, subí la música y eché a rodar camino abajo, siempre abajo, siempre volviendo.
Volví a casa y al llegar pasé de largo, cuesta abajo, porque ya no vivo ahí.