Web Analytics

Historias para no dormir

Llegué tarde, dejé el coche en el parking y me vine a casa parando en el puente a escuchar el murmullo del río. El ruido del agua relaja como el ronroneo de un gato, como aquella risa que tienes vagamente en la memoria. Tiré la colilla al agua.

El aire estaba caliente, pocos veranos tan calurosos como este recuerdo. Al torcer por el callejón ese que ataja antes de la rotonda de mi casa pude a lo lejos moverse a alguien. Era una parejita que se reían en la oscuridad. Sonaba el crujir de sus pasos. Sonaba el estruendo de los míos. Me pensé dar la vuelta, era esa su calle y no la mía en ese momento.

Pese a todo, cansado, seguí andando para atajar. Carajo, yo también vivo ahí. En un momento, ya llegando a pocos metros de ellos se encendió la farola que tenían sobre ellos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba apagada. Pude ver su perfil a contraluz. Alzaron la cabeza, ella se sonrió y oí su voz reir y sus dientes brillar con aquella luz, húmedos de saliva. Mientras él seguía mirando arriba ella se fijaba en su cara sus miradas se encontraron otra vez.

En un segundo me di cuenta de que esa no era mi calle, me di cuenta de que yo vivo ahí detrás pero más allá, para mí ese camino es más lejos, rodeando por otro lado. Dejé pareja, farola, risas, destellos, saliva, luz en general. Volví sobre mis pasos, doblé la esquina. Hice el esfuerzo. Rodeé los edificios para irme a casa a intentar dormir.