No digas tonterías. Todos nos vamos, tú tienes que seguir aquí. Sigue por mí.
No era esa la idea de él. Para él ella era lo que siempre había estado ahí. Era su proís, el puerto que siempre buscó y que una vez amarrado no volvió a dejar. No digas tonterías, pensaba para sí, no sabré qué hacer al minuto de perderla.
El tiempo, que alimenta mejor al mal y las enfermedades que al olvido, pasó sobre el mundo arrastrando un verano. Un día ya otoñal arropada en una gran silla de mimbre que siempre tenían a la puerta de casa, ella murmuraba las sandeces propias de su medicación y él, trillado en desgracias, endurecido por el pesar de aquel verano, seguía cada día aquel runrun como si fuese agua al pasar...
En el ir de vocecitas y suspiros, pasando páginas, reconoció su nombre un par de veces y cada vez levantó los ojos del periódico dominical pensando si de verdad una conciencia quedaba tras el pálido metal de aquella piel. Corre prisa, entendió en los sollozos, su mujer lloraba. Tengo que irme, vienen a buscar. Le llamaba a gritos desde su adentro pero aquel cuerpo no podía ya ni hablar.
Las manos de él temblaron un segundo y el periódico se desparramó por todo el suelo. Se apretó el revés del antebrazo contra la cara para apartar la nube de lágrimas. La consciencia le había vuelto tras meses de insensibilidad, de costumbre a tener enferma a su mujer, de deber humano. La consciencia. Se va, se quiere ir, tiene prisa, se dijo. La llamó. Ella parecía responder muy lejos, muy adentro de su cuerpo que la enterraba ya.
Soplaba un viento, ese viento cálido que deja siempre los árboles sin hojas en septiembre. Ese que trae lluvia. Miró al cielo rojizo y tomó aire. El olor del otoño, hace un día tan bueno.
Despejado, despierto, con los ojos secos y consciente le dijo, mi niña, espérame aquí, vuelvo en un segundo sigue con lo que estás. Cuando vuelva quiero verte como siempre… Como siempre te he visto.
Entró en la casa. Siempre ha estado ahí, es ella, no hay más para mí. El mundo es esto. La luz roja del atardecer invadía la casa. Al avanzar, mecánicamente iba encendiendo luz del pasillo, luz de la habitación, apagaba tras de sí la de la estancia anterior. En su habitación buscó un poco en el armario del que sacó un cinturón. Tomó la silla que siempre tenían en la esquina y la dejó en medio de la sala, miró al techo y dijo en voz alta que siempre quiso cambiar esa lámpara. De un saltito se medio colgó y la lámpara venció dejando una nube de cal y a la vista el anclaje del techo.
El hombre se subió a la silla, pasó la correa por la hebilla, ató un extremo al anclaje y se enlazó el pescuezo. Acto seguido entornó los pies para hacer caer la silla convencido de ser el único mortal del mundo.