Un periódico recién comprado. Sí, eso es. Un periódico en el que cada página nos trae buenas y malas noticias. Pero recién comprado, con las marcas del troquel que hacen difíciles de separar las hojas. Así a cada paso, a cada cuento que uno se lee de tierras lejanas, de niños que empiezan a clase… Las tonterías del barrio de tal o cual… A cada doblez hay algo nuevo.
En un par de páginas un reportaje de una nueva obra, un logro humano. Una miserable alegría en lo que es el cauce que nos lleva, la marea de palabras que nos traga, de tinta negra, de noticias al fin.
Y por mucho contento que pueda contener una página siempre habrá otra detrás que, incluso, pueda hacer fea a la primera. Hay que pasar, coges el borde como puedes y pasas página. El troquel te lo impide y hay una cosa que me fastidia mucho que es arrugar un papel liso.
Una página alegre, ¿te acuerdas? Una página más. Qué rápido se acaban. Mojas el dedo en saliva con la punta de la lengua o con el envés rojo de un labio y pasas página.
Nunca se sabe lo que hay detrás, hay que abrir para verlo. Pero lo único cierto es que sea mala o buena la página que has dejado te queda un amargo sabor de boca.