Cruzar el río Lete, Leteo, Mnemósine o como quiera llamarse, Beber de sus aguas y nacer nuevo. Reencarnarse, llegar a mañana sin recuerdos, sin saber ni esperar nada. Sobre todo sin esperar nada.
Perder las esperanzas vanas del ahora y del futuro y ver el mundo nuevo. Volver atrás y no ver más que paisaje. La gente como nueva sin pensar en lo pasado. Renacer al mundo. Olvidar aquello y lo otro. Ver una cara nueva en quien tienes delante de un solo trago.
Soñar, imaginar... Para qué imaginar. Pensar... Para qué pensar. Recordar... No recordar. Y llegar a ese lugar que antes era esperanza inalcanzable, al otro lado del río, donde esperas ahora, donde antes no estabas.
Ser uno mismo, más alto, más fuerte, más lejos, allí donde ningún hombre ha dudado en llegar algún día y muy pocos hincado bandera aun sin ver las de los demás, ni recordar haberlas divisado entre el rielar de la luz sobre aquel mar de río tan imposible desde la otra orilla y ya impensable desde esta, la nueva, la sola. Donde todo es igual pero con los ojos lavados por aquel pañuelito azul que tú tenías y que por fín mojabas en el roto cántaro aquel que ahora es nuevo. Piensa que, ahora, cualquier quebranto de la porcelana parecería la forma natural del otrora sagrado kylix que equilibrabas sobre la cabeza.
Nunca el camino fue bueno pero ya no lo recuerdas. Nunca se vieron tantos baches y charcos por delante. Nunca tantas curvas, pero son naturaleza porque son nuevas, no recordadas, no vividas, no sabidas, nunca juzgadas por malas mas sí por cosas que, simplemente, pasarán.
Ver que, simplemente, han de pasar.