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Los que esperan un nuevo día


Anuncia la entrada de un panteón en el cementerio. Cualquier paso resuena en la última esquina de la tapia jalonada de cipreses como Dios manda. El enterrador pasea pesado su cuerpo por el aparcamiento mientras su hijo hace las labores de cuidado del "jardín".

Luego hay tumbas del año que las pidas, como esta de abajo de un señor y su mujer que perdieron pié hace más de cien años y a quienes sus herederos debieron de querer mucho más por el interés que por piedad religiosa ni amor de sangre porque debe haber raices desde el 1907 cuando dejó de respirar el polvo que ahora es. De su cruz, del eterno mármol, de las ropas y la caja que bien pudiera haber sido de cartón, queda ya poco más que yedra. Y no hay camino sobre él porque tenemos la decencia de no pisar o quizá porque habría que subir.

El óxido del metal aun deslumbra al sol este instante después de la muerte. Un segundo y se va un siglo. Un parpadeo y pasarán eones.