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El canto del gallo

La humedad de tus labios y de mi boca tupió el filtro de aquel cigarro, hubo que tirar como un alto horno para acabarlo, pero se acabó. Aun duraban los vapores de aquella brasa extraña en tus ojos. Te miré y ya tenía en mente tu muerte y la mía.

No recordaba más ya que el frío de la muerte, la noche aquella que nos vendrá. Aquella hebilla que una vez pude ver sacar de una tumba y pocos trozos del pecio hundido, del recuerdo de una vida que fue y de la que ya nadie sabe nada. Aquel puente de oro que empeñó el enterrador en una relojería, pocos jirones de una chaqueta de pana, un pantalón y una boina. Alguien que dio vida y que, de fijo, no merecía haberla perdido. Dios, cuánto mal haces al mundo trayendo vidas que van a morir.

Ven, te dije, más cerca, mientras te miraba, me mirabas. Y bajo el calor primordial y el sueño irresistible ya a esas horas no podía más que pensar que te habías equivocado. Te has equivocado te repetía para mis adentros, no lo sabes, mañana lo sabrás. Al alba se acabará todo porque te darás cuenta de que esto es un error, que no soy yo quien buscabas o ni siquiera buscabas a nadie, llevada por el viento del que antes o más fuerte sople. Te has equivocado y ni siquiera tendrás la voluntad o la fuerza de reconocerlo y quedarás en unos ojos que me miraron y una noche de malas presentaciones, de aquel zip zip de la piel y esas chispitas de saliva que suenan cuando sonríes tan cerca de mí.

Caí en aquel sueño, mi cuerpo se dejó ir como cuando vaya a la muerte, de forma irresistible, insoportablemente agotado, infinitamente relajado, fuerte como nunca superior a mi mente que no querría perder uno de aquellos segundos por nada del mundo y poder vivirlos otra vez aunque fuese en la borrosa nube de la memoria donde todo se percibe como las alas de un colibrí de las que sólo sabes que tienen que estar ahí para que ese duende del mundo siga de pié sobre el aire.

Desperté, no quiero recordar lo dicho. Salí y, carajo, cantó un gallo. No se de dónde salió aquél sonido ni si era un móvil, quizá alguien cría pitas en una azotea. Cantó un gallo en la ciudad y me sonreí… Y volví a pisar el suelo. Había invernado en una noche era como salir del Negrón hacia el sur, donde se agria la sidra, donde siempre está helado y donde no hay más vegetación hasta que vuelves.

Pedí un café, paseé. Fui y vine, despejando. Unos kilómetros, unas horas. Y recordaba una arruguita sobre la nariz o la forma de afilarse unas mejillas. Una curva de pelo sobre una mejilla. Y recordaba la forma tan graciosa de dejar las muñecas sobre la mesa sin tocar con la mano y aquel gesto que…

Pero eché a andar, paseaba, y fui al cine, sólo yo otra vez, otra vez tampoco contigo.

Y aprendo ahora a caminar por la vida también sin ti.