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El recuerdo no entiende de tiempo. Dicen que el tiempo lo cura todo, mienten, es la muerte la que acaba con todo sufrimiento, toda necesidad, con la vida, en fin.
La memoria se pierde con el tiempo. Recordamos en cintas de casete de aquellas que se van degradando aunque no las uses y, un día, decides volver a ponerla y suena apagada como si hubiesen metido una servilleta de papel en la boca a quien hablaba o cantaba en aquella grabación.
Recordamos sensaciones, nuestra memoria es una impresión eléctrica, un golpe de conexiones que se reforzaron una vez en todo nuestro encéfalo, partiéndose en cada célula, llegando a la siguiente minoradas y al final sale aquel día de lluvia, aquel paráguas, aquel escalofrío al sentirte tan cerca. La vez que me tocaste la mano y el ardor en deseos de apretarte contra mí. De aquello no queda nada, no puedo volverlo a sentir, eso es la memoria, un pasar de tiempo, como los créditos de una película en los que se van destrozando estatuas como raidas por los siglos. Como un anuncio de televisión en el que el viento vuela arena de una superficie. La memoria es un caer de imágenes y fotos a una oscuridad infinita donde no hay fondo ni forma. Los recuerdos son las fotos.
Los recuerdos son la Venus de Milo sin brazos, la cabeza de la estatua de la libertad tirada en una playa. Los recuerdos son la nieve y una arruguita fuera de la sonrisa, por encima de la comisura de los labios. Es un recuerdo, no es la sensación que tenía antes al verla pero es la foto. No estás en Roma pero recuerdas haber estado allí.
Los recuerdos son como la risa, que todos llevamos dentro pero que las capas de fuera, la pátina que el tiempo fue posando sobre nosotros no nos deja a veces alcanzar. Es una capa, son cien. Una al año o un poco cada día pero todo se va enterrando. Un día abres un armario y ahí está aquel recuerdo, no la memoria, el recuerdo.
El tiempo pasa y cada foto es uno de aquellos forcaos (palo en forma de ‘y’) que sostiene un retrato blando de Dalí en los que la carne pinga, arrolla, por los lados. El recuerdo está en su sitio, imborrable, aun da la hora aquel reloj, aun tengo cuenta en la facultad, aun nieva. Aun hace sol.
Pero aun hace frío y las previsiones no son más que aventuras sin vivir y que no merece la pena empezar. Recuerdos, quiero recuerdos porque no los tengo o no son suficientes. Quiero memoria imborrable, fotos, imágenes de vida para decirme a mí mismo que no se ya donde guardar tanto periódico, tanta ficha, tanto juego ni tantas horas a matar con el buen juicio del entretenimiento de una vida.