Hay filósofos, supongo que creyentes, que creen que la consciencia, la sensación es inherente a la materia. Creer, es la palabra. Es impensable, inimaginable, el cómo puede ver el mundo un perro o una simple mosca. Qué sensaciones producirán esos ocelos o aquel olfato. Al final la mosca busca cosas de cierto color, olor…
Al final todos somos máquinas, cajas negras, con estímulos de entrada y salidas. Las plantas se mueven buscando luz, crecen sus raíces hacia el agua. Y nosotros huimos del frío, del hambre, buscamos la comodidad o cualquier cosa que por naturaleza nos atraiga. Desviándonos sólo por deber de conciencia.
Un hombre puede suicidarse contra toda naturaleza además dejando de comer, de respirar, de hacer cosas que el propio cuerpo repudia.
Así le pasa a uno, que le llama el cuerpo a, quizá, comer y no come. La conciencia supera al impulso, la educación puede con la fuerza. Y uno no puede evitar pensar en todo lo malo sobre lo bueno ni ver diferencias de bien y de mal. Uno es muy, muy raro para todo y si le pasan cosas quizá decida en segundos como cuando trabaja donde no hay más remedio que decidir, tú haz esto, tú haz esto otro. Pero si hay que pensar…
Si hay que pensar, si parece que hay tiempo. No sabría ni que comer porque pienso si es mejor a o b y soy como el burro del filósofo que moría de inanición por no decidir en qué saco meter mi belfo.
La consciencia, esa desconocida. Esa capacidad inconmensurable de la materia que algunos llaman alma. Ese conjunto de reacciones que se juntan a la vez en un místico y continuo suceder dentro de nuestras cabezas, dentro de nuestro continente, por todo el cuerpo. Ese saber del mundo que tenemos en mayor o menor medida los semovientes que no obedecemos sólo a impulsos.
La consciencia nos para, nos da hambre, nos mata.