He muerto tantas veces que ya puedo garantizar que no estoy vivo.
Cada primero de enero muero un año. Cada amanecer, muero un día.
Sangro cada segundo desde que me despedí de tí. Y cada vez que me decías adios sonaba un disparo o, peor aún, mi piel caía a jirones mientras sólo notaba un calor que era mi sangre desparramandose...
Y fue aquel el último calor de mi vida lo mismo que el abatido y acelerado correr de mi corazón. Jamás se repitió mirando a otra.
Así morí. Así no vivo. Así moría cada día.