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La alegría del olvido

Perdona, me dijo, ¿tienes fuego?
Sip. Respondí echando mano al bolsillo.
Saqué el mechero y le dí candela. Me acercó la mano con la suya.
Qué guapa eres. Murmuré. En ese momento no pensé, sólo dije. Tonto de mí, a las horas de comer y querer curarse la timidez con terapia de choque.
Levantó la mirada que esquivé inhábilmente. Perdona, dije.
Se paró un poco, no sonreía. Apartó el cigarro. ¿Por qué?, preguntó.
No se… Da igual.
Bueno, gracias. Seguía parada allí.
Na, taluego. Seguí andanding.

Y al andar descubrí la vida que me da pensar que todo lo que se dice tiene que ser ofensivo sólo porque lo digo yo.