Mar antiguo, grita la canción. Hablando de una muer o eso siempre pensé yo desde que mi mente adolescente la conoce. Tierra absurda, dice, que me hizo absurdo.
Pocas mentes, pocos ojos te ven como yo te veo hoy, nunca tan azul, nunca tan claro. Viendote esa multitud, marea de hombres que pasean por lo que fueron tus terrenos y que pronto, en tus eras, volverán a ser. Siempre peleando por volver sobre lo que nunca fue terreno del hombre. Nunca, mis frases se llenan de nunca y jamás al hablar del mar. Nunca, decía, hubo hombre que hollara tu suelo, porque no lo tienes. Nunca hubo obra del hombre que no volviese a ser tuya porque tuyo es este terreno y lo nuestro no es más que quimera. No hay barricada al mar como no hubo, con tiempo, barrera contra la libertad.
Con tiempo, tiempo, eras, eones que al hombre le faltan para ver qué haces de su malecón, su rompeolas.
Valga mi prosa como verso nunca valió para aquellos ojos marrones de brillo metálico verdoso, valga para tí que hoy te veo con los ojos con quien nadie te ve. Bajo los párpados de la piel de un niño que todo ve de nuevo. Bajo la mente del novicio que aprende de sólo mirar, escribo desde mi celda de espaldas al mar que acabo de contemplar con la admiración de quien no recuerda haber estado ante tí, madre de la vida, infatigable, inagotable dios del agua. Cebo de almas y huerto de mortales que viven y pelean contra tí por comer de tí por vivir de lo que tú regales por arar yertos caminos sobre tu piel arrugada y límpida de cicatriz.
Mujer del hombre. Mujer lejana, cercana a la vista y recia al sentido que nunca se deja ver desnuda más que a quien muere en tus carnes como una madre de quien tenemos que agrandecer la vida tanto como el tener que morir.
Escuchando las conversaciones, otra razón de mis paseos, el niño aquel que pregunta si tal o cual especie es un pez. Esos dos besándose sentados en el pretil del rompeolas. Aquí los señores que han gastado sus vidas en la tierra y miran al mar sin conversar entre medias quizá pensando en el infinito vacío que espera a todo mortal.
Acullá alguien aprovechando más que lo que das: paisaje del que copiar. Igual que quieren mis manos reposar, descansar del mundanal trabajo sobre mis tizas de pastel cuando, un dia, amaneza mi cuerpo sin la vergüenza que me entierra.
Mar azul, mar antiguo, mujer que nunca me quiso y que sólo me atrevo a mirar de lejos, de reojo, a través del cristal oscuro de mi envidia al barco que te abre, que te ve, que te siente y padece como si vivo fueses, como si uno más entre los demás parezcas. Dios salvaje, decía la canción.
Miro apartado de tu brillo, del rielar del sol poniente en tus olas que me ciega y perjudica como el deseo mata al hombre igual que la luz, llamada natural, acaba con los insectos contra el fuego que tanto te teme... Te escribo.
Sirva, insisto, mi prosa, mortal de la que nadie nunca se va a acordar, como nunca sirvió mi poema para la musa que nunca o siempre ha movido mi palabra.
Seguirás ahí, insistiendo, escribiendo, con tus siglos en la costa mojando en la tinta del tiempo cuando ninguno de nosotros ya te pueda recordar.
Salú.