Pedía B.B. King hoy cuando me metí en el coche. Mi coche me conoce mejor que yo mismo. Necesito ayuda, decía la canción, una ayuda para un pobre. Ayuda a un pobre, ayúdame, pobre de mí. Ayuda al pobre, ¿no vas a ayudarme, pobre de mi? Escucha, decía, mis plegarias.
A poco salió Eric Clapton dándole al Reconsider Baby. Son versiones como las de Joe Cocker o como carajo se escriba, que aunque tengas bien trayada la canción, parecen nuevas.
Ese efecto de que los aparatos te conozcan o creas pensar que tienen empatía es parte del efecto Vaader-Meinhof. Es parte de una casualidad que hace que suene un clic en tu cabeza.
Mientras Rosetta Tharpe tocaba la guitarra y pedía a su Dios una muerte cercana porque, decía que tenía ganas de verle… Mientras Clapton pedía a un Dios que debía ser una mujer, decía oh, señor, abrázame, ¿no ves, lloraba, que te quiero? Mientras corrían kilómetros pensaba en aquella tienda de Mieres que acababa de ver. En principio, cuando la ví, me pareció sólo una curiosidad. Había un gochín, un cerdito, de peluche con los ojos grandotes mirando hacia la calle al vacío. Aquellos ojos tan grandes y tan tristes, con los párpados agachados me llamaron la atención desde la cima de la pila de peluches en la que no parecía haber más que aquel cerdito rosa. En un impulso saqué el móvil y le hice una foto.
Aquellas plegarias de altavoz me hicieron recordar el gochín y sus ojos agachados. Me lo hicieron ver triste y donde antes parecía el rey de la colina ahora parecía derribado de espanto y triste en un barullo que le tocó vivir. Me recordó, en fin, a mi yo de antes. Me recordó a aquel tiempo que tiré por vida de, por nombre de, por vana esperanza de una vida mejor.
Sonaba two princessssss en a toda puta bomba, porque cuando a uno le da el conato de tristeza, sube el volumen. Y seguía el flash de los ojos sobre los míos perdiéndome al conducir o haciéndome imprudente: Cuando me di cuenta iba sobre ciento cuarenta. Levanté el pié.
Allí estaba yo, queriendo ser feliz, creyéndomelo en tal manera, que mi única aspiración era contentar a una idea que parecía revolotear detrás de mi frente como lo hacen esas chispas que sigues viendo cuando cierras los ojos. Como lo hacen las luciérnagas en noche cerrada de las que ves un puntito verdoso y al acercarte parecen haberse ido decenas de metros más alla… Tanto engañan las luciérnagas, tanto mienten mis ojos, tanto pierde al hombre la oscuridad que le rodea y no se sabe qué parte es la que más le desorienta del eje ese que traba al mundo que, tengo fe, alguno tiene que haber porque el caos que crean los peluches no puede ser tan generoso como para que el cerdito siga, con sus ojos tristes, flotando sobre este extraño color de mar.
Recordé a aquella que me dijo que el intermitente de mi coche es cantarín y alegre. El perro, dije, somea al amo y, como el dueño, aquí todo es alegre salvo la mirada y el corazón. Por dentro, mi coche, rabia en furia. En cuanto lo tocas salta y está siempre ansioso por hacerlo, lleva un gato enfadado dentro que ronronea cuando lo tratan bien. Y mira enfadado al mundo. Siempre me lo dicen. Pero se deja ver y tratar y lleva con suavidad aunque eso, quizá dependa del conductor. Lo recordé por la mirada del cerdo. Del cerdo que era yo, allí buscando triste en el vacío de la calle. El vacío de la calle, no me cansaré de decirlo. El vacío de la calle. No por la lluvia, no porque allí sólo estuviera yo, sino por el vacío de la calle que siempre está vacía como aquel tiempo que fue mío y sólo mío.
Tantos lloros, tanto pesar, tanto querer hacer feliz a mi idea, no a mí, a mi idea. ¿Cómo puede alguien negar tus sentimientos? Lo que sientes es tuyo y sabes que es cierto porque lo sientes. Pero te los niegan. Triste cerdo rosa aquel cuyos ojos sólo pueden ver el vacío ya que no hay nada cierto delante suyo. Y si lo hubo, ahora no hay más que el vacío de la calle.
En el momento no estaba solo, seguí andando y ni me dí cuenta. Fue el coche, fue la canción, las canciones, las plegarias, el oh dios, el arrepiétete que cantaba Clapton.
Ojalá, dije en viva voz, ojalá treinta segundos de tu puta vida te arrepientas de haberme hecho así. Arrepiéntete decía la canción. Arrepiéntete repetí yo en una especie de delirio. Pensaba que hay que arrepentirse de lo perdido para no volver a caer en lo mismo, no sabía si me hablaba a mi mismo, no sabía de qué ni por qué. Al segundo se paró la música y el silencio antes de la siguiente canción me pareció eterno y vergonzante porque me di cuenta de que hablaba solo. En un segundo, en mi pensar, dije a mi idea arrepiéntete un segundo, sólo un segundo de no haber reconocido al cerdito de peluche regordete y blandito que era yo. Arrepiéntete de no haberlo conocido antes y de no saber cómo es ahora. Piérdete en el tiempo que perdí.
El tiempo, cuándo volverá.
The E. Street Shuffle - Bruce Springsteen sonaba.
In illo tempore, una ayuda pedí a mi idea, mi mente lloraba a los cielos donde sólo hay diosas, pedía para sí un punto de apoyo con el que mirar al mundo. ¿No vas a ayudar a un pobre? Pobre Robinsón Crusoe, pobre de mí.
Cambió la canción, cambió mi tema y recordé no se qué que tengo que hacer el lunes.
Al aparcar sonaban los primeros acordes de aquella canción, era muy familiar, carajo, la acabo de escuchar… Me di cuenta de que era BBKing otra vez (Antes había sido Manolennnnta) y era otra vez Reconsider Baby. Quité el contacto y lo dejé en alimentación eléctrica. Seguía sonando la canción, todo el tiempo que pasamos, cantaba… Recordé todo lo que se me había pasado por la cabeza, resoplé, apreté y giré la llave sacándola del contacto matando la voz y el recuerdo.
Y me fui sin sentir la alegría del olvido pidiendo por la calle una sonrisa entre la gente, mendigando miradas y conversación. Pedigüeño de la esperanza que otrora arrojó un cerdito de ojos tristes a los pies de… De cualquiera… Que pedía a los demás lo que ella les negaba.
Porca miseria. Una ayuda para un exleproso.